¿Hay que controlar a los depredadores? Una perspectiva histórica

Por Mauricio Antón. Vicepresidente de Lobo Marley

Hace nueve millones de años, lo que hoy es la Comunidad de Madrid era como el Serengueti. Lo sabemos gracias a un maravilloso conjunto de yacimientos paleontológicos: el cerro de los Batallones, en Torrejón de Velasco. Desde hace un cuarto de siglo tengo el privilegio de colaborar con un equipo de científicos que están sacando a la luz un tesoro incomparable de información sobre la evolución de los ecosistemas y las faunas, y en particular de los grandes carnívoros. En aquel período, conocido como Mioceno, las praderas y bosques estaban habitados por una fauna espectacular que incluía, entre otros, caballos de tres dedos, rinocerontes, antílopes, jabalíes gigantescos, y mastodontes, semejantes a nuestros elefantes actuales pero armados con cuatro defensas. Pero ningún ecosistema está completo sin sus depredadores, y sobre éstos, los yacimientos de Batallones aportan una riqueza asombrosa de fósiles. Los legendarios “tigres de dientes de sable” eran los reyes de la sabana, pero compartían su entorno con una variedad de carnívoros tales como los imponentes “perros-oso” (conocidos por los paleontólogos como anficiónidos), mustélidos gigantes de la talla de un leopardo, osos verdaderos, hiénidos, y un largo etcétera.

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El análisis de semejante riqueza fosilífera nos ha permitido publicar estudios científicos que han revolucionado a nivel mundial el estudio de la evolución de los carnívoros, pero el público español apenas conoce la existencia de este tesoro. Y esto es una pena porque todos tenemos derecho a conocer nuestro patrimonio paleontológico, que además tiene un potencial educativo enorme, sobre todo para desterrar conceptos trasnochados como el de la necesidad de “gestionar” a los grandes carnívoros actuales. Y es que a aquéllos que desde tal o cual rincón de la península dicen “aquí nunca hubo lobos” les resultaría ilustrativo conocer la verdadera historia de nuestra fauna. Los lobos, y muchos otros carnívoros, estaban aquí antes de que hubiese imaginarios helicópteros del Icona para soltarlos, mucho antes, de hecho, de que nuestra especie llegase a la península como lo que realmente somos: unos inmigrantes bastante recientes.

Los yacimientos de Batallones son los más importantes de Europa para el estudio de los carnívoros del Mioceno, pero nuestro registro fósil demuestra que su riqueza faunística no fue una excepción. Hay docenas de yacimientos en la península que confirman cómo esa riqueza se mantuvo, con sus lógicas fluctuaciones, casi hasta la actualidad. Ya en el Pleistoceno inferior, hace un millón de años, las primeras poblaciones de homínidos precedentes del Este llegaron a la península ibérica, y se encontraron un auténtico paraíso natural. Tres especies de homínidos llegaron en sucesivas oleadas: el Homo antecessor, el Homo heidelbergensis, y los famosos neandertales. Una vez aquí, nuestros antepasados convivieron con los “tigres de dientes de sable”, pero también con leones, hienas, osos, cuones y lobos. Todos ellos competían por una enorme variedad de presas, incluyendo caballos, rinocerontes, bisontes, cabras monteses, cérvidos y elefantes.

Los humanos modernos, Homo sapiens, somos los inmigrantes homínidos más recientes. Llegamos a Iberia hace “apenas” unos cuarenta mil años, en mitad de un severo período glacial, pero el clima gélido no impedía que la fauna mantuviese una riqueza que quitaba el aliento. Mamuts y rinocerontes lanudos, caballos, cérvidos, bisontes y uros galopaban por las estepas, bajo la mirada hambrienta de los leones, leopardos, hienas y, por supuesto, lobos. Aquellos primeros humanos modernos, conocidos por los antropólogos como “cromañones”, eran cazadores-recolectores, y se integraron a los ecosistemas ibéricos como una especie de depredador más. Con su tecnología superior y su compleja organización social, arrinconaron a los neandertales, que se extinguieron al cabo de unos pocos milenios. Pero tal vez el cambio más drástico en nuestra relación con el medio la marcó la llegada del neolítico, cuando las tribus de cazadores nómadas se convirtieron en agricultores y ganaderos sedentarios y se inició el proceso de “domesticación” de la naturaleza.

Con el paso de los milenios, los humanos rompimos el pacto de integración en la diversidad ibérica, y nos convertimos en colonizadores en toda regla, arrogándonos la hegemonía sobre todas las especies, y declarando la guerra abierta a los carnívoros. Por un lado los percibíamos como amenazas para el ganado, y por otro lado la caza como medio de subsistencia humana dejó paso a la caza por diversión, sobre todo para las clases dirigentes de la antigüedad, y al final hemos terminado tratando a las especies “cinegéticas” como un monocultivo más, eliminando a los depredadores del mismo modo que un agricultor fumiga sus tierras para eliminar las plagas de las cosechas. Estos son procesos esperables en una especie que se ha librado de muchos de los frenos que le imponía la ecología, y que da rienda suelta a sus impulsos de manera irreflexiva. Ni siquiera implican una actitud culpable. Pero a mediados del siglo XX empieza a insinuarse una naciente conciencia ecológica, y surge la necesidad de autojustificación para perpetuar la persecución contra los depredadores. Así se desarrolla la teoría de que los carnívoros necesitan ser controlados por el ser humano porque, si se les dejase, acabarían con las poblaciones de sus presas y arruinarían el equilibrio de la naturaleza. Esta idea peregrina se convirtió en una máxima entre los que buscaban hacer “ingeniería” con la naturaleza salvaje, y llevó a las autoridades de los parques nacionales de algunos países a erradicar a los depredadores para que sus presas viviesen mejor.

En la segunda mitad del siglo XX se sucedieron los estudios de campo concienzudos que demostraron el absurdo trágico de esas medidas de control de depredadores. Hoy sabemos que la acción de los carnívoros tiene efectos en cascada que benefician al ecosistema, repercutiendo en la salud de la vegetación y hasta del agua. Pero además, los datos de la paleontología nos dan la perspectiva histórica necesaria, mostrándonos que la biodiversidad actual no es más que un fotograma en la película de la evolución de la biosfera. Si sólo vemos el presente, nuestra percepción es plana porque nos falta la dimensión temporal. Ahora sabemos que la relación entre los carnívoros, los herbívoros y las plantas es parte de un proceso de coevolución que se desarrolla a lo largo de millones de años, y cuando la especie humana interfiere con estos procesos es como soltar un elefante en una cacharrería. El impacto de nuestras prácticas de tala y quema para dar prioridad absoluta a los pastos durante los últimos siglos ha desencadenado un proceso de desertización en la península cuyas consecuencias apenas estamos empezando a sufrir.

Ahora bien, la paleontología es una ciencia histórica, más que experimental, y cabe preguntarse: ¿sería posible realizar un experimento que demostrase las hipótesis basadas en el estudio del pasado? Podemos decir cuantas veces queramos que los espacios naturales de nuestra Europa podrían recuperar su salud, diversidad y productividad si dejásemos de intervenir y de “gestionarlos”, pero para demostrarlo sería necesario un experimento. Ahora bien, ese experimento ya se ha realizado, y en estas fechas está de actualidad: se llama Chernobyl, y durante sus 30 años de abandono lleva demostrando lo que ocurre cuando se deja a una amplia zona librada a los mecanismos y equilibrios de la naturaleza. Desde los bosques que, libres de la gestión forestal de los funcionarios soviéticos han recuperado una productividad asombrosa, hasta los lobos, que han regresado libremente a la zona y mantienen el equilibrio de una floreciente población de ungulados, el escenario de la peor catástrofe nuclear de la historia se ha convertido también en un gigantesco laboratorio en el que comprobar el funcionamiento de una naturaleza prácticamente prehistórica.

Así pues, sólo desde la ignorancia y la miopía se pude entender la “gestión” de la fauna que se realiza en nuestro país, donde en los cotos de caza se matan miles de carnívoros todos los años a mayor gloria de un pasatiempo anacrónico que esquilma el medio y retrasa la modernización de amplias regiones de España. Pero la complicidad de las administraciones con esa “extinción de alimañas” de tintes franquistas es un ejemplo de corrupción en toda regla, poniendo el patrimonio natural de todos en manos de unos analfabetos ambientales con la misma visión de futuro y solidaridad que los capos de la mafia siciliana. Por todo ello, querido lector, la proxima vez que oiga hablar de “control de depredadores” le invito a que recuerde dos lugares: Batallones y Chernobyl. El pasado prehistórico, el presente nuclear, y todo lo que ha ocurrido entre medias. Entonces sospechará que nos estamos jugando cosas más serias que el hobby cinegético de unos señoritos o la continuidad en el cargo de unos políticos cortos de miras. Estamos hablando del aire que respiramos, del agua que bebemos, y de la continuidad de los procesos de la biosfera que nos mantienen con vida. Que cada uno ponga las cosas en la balanza y saque sus conclusiones.