18M: Por el lobo y contra el miedo

Hay muchas personas que no acudirán a la gran manifestación en defensa del lobo ibérico del 18 de marzo en Madrid, pero que nunca se definirían a sí mismas como enemigos del lobo. ¿Es usted uno de ellos? Algunos, entre los que el lector ya no se cuenta, no irán porque no se enteraron de la convocatoria, y para reducir este número conviene que cada uno de nosotros la comparta por todos los medios. Otras personas se abstendrán por indiferencia: el lobo y la biodiversidad simplemente no les importan lo suficiente como para levantarse del sofá.

Pero hay un tercer grupo más preocupante: los que sabiendo de la convocatoria no acudirán por miedos de una u otra clase. Un clásico entre los amantes de la naturaleza es el miedo a la futilidad, que les hace pensar “¿Y si gasto mis energías en luchar y al final somos derrotados? ¡Además del dolor de la pérdida tendré la vergüenza de haberme apuntado al caballo perdedor!”. Existen auténticos profetas de este tipo de actitud en las filas de los supuestos naturalistas, e incluso en las aulas universitarias hay profesores de ecología que inculcan a sus alumnos un derrotismo nihilista disfrazado de realismo, con frases como “la naturaleza salvaje hace tiempo que no existe, por lo cual es absurdo pretender defenderla”. Como en el gobierno colaboracionista de Vichy, que administró la Francia ocupada al servicio de los nazis, su máxima sería “si no puedes contra ellos, únete a ellos”.

No menos extendido resulta el temor a las posibles represalias. Un ejemplo obvio serían quienes pertenecen a colectivos laborales en los que defender al lobo está mal visto, y que si se dejan ver en un acto como éste se exponen a los insultos y marginación de sus “colegas”. En casos así es fácil comprender a quien prefiera quedarse en casa, lo que hace aún más admirables a los que acuden pese a todo. Pero hay otro miedo más insidioso: el temor a las represalias que se puedan tomar no ya contra los manifestantes, si no contra el lobo y la naturaleza en su conjunto. ¿Cuántas veces hemos escuchado el argumento de que si un día se hace efectiva la protección total del lobo sus enemigos quemarán todo el monte y de paso lo sembrarán de veneno? Los que repiten esta letanía nos aseguran también que, cuando eso ocurra, la culpa no recaerá sobre los hombros de quienes perpetren esas fechorías, si no de aquellos que les “provoquen” al mostrarse defensores del lobo. Esto me recuerda a aquellos jueces que culpabilizan a las víctimas de abusos sexuales porque en su opinión éstas “iban provocando”.

En la insegura ciudad de Caracas, en la que viví muchos años, te aconsejaban que en caso de atraco entregases rápidamente la cartera, no sea que al final no sólo te robasen si no que también te rajasen las tripas. El dilema de algunas personas de bien que prefieren no luchar por la biodiversidad para evitar supuestos males mayores es comparable al de la víctima del atraco callejero, pero al asumir la impunidad de los malhechores están legitimando la razón de la fuerza, algo que socava las bases mismas del concepto de democracia. Por desgracia esto entronca con una desventaja histórica del movimiento ecologista, y es que desde que la ciencia ha ido demostrando los efectos funestos de los abusos contra el medio ambiente, a los autores de esos abusos se les ha atribuido cierta legitimidad, como si buscar el provecho económico de manera insolidaria y carente de escrúpulos fuese una actitud más respetable que defender de manera altruista lo que es de todos. A los defensores del bien común el sistema los considera, de entrada, sospechosos y les obliga a demostrar todos sus argumentos hasta la extenuación y además a tener preparadas alternativas que garanticen que los destructores del medio ambiente no pierdan nada e incluso salgan beneficiados, no sólo como ciudadanos que podrán disfrutar de un mundo más habitable, si no en sus cuentas corrientes.

Los comportamientos mafiosos que toman la naturaleza como rehén son más que meras anécdotas provenientes de un entorno condicionado por la orografía accidentada y el aislamiento social: se trata de un pulso de la fuerza contra la razón, que lleva mucho tiempo en marcha y cuyas consecuencias no hay que esperarlas en un futuro hipotético si no que se están produciendo ahora mismo. Quien se pregunte cómo sería ese escenario apocalíptico de fuego desbocado no tiene que esperar a que se proteja al lobo, sino recordar las imágenes dantescas de las oleadas de incendios, en su inmensa mayoría intencionados, ocurridos en los últimos años en las zonas más húmedas y verdes de la península. Respecto al veneno, su uso nunca ha desparecido del todo y lo único que lo limita es el temor a las sanciones, algo que afecta mucho menos al fuego, asumido por muchos como una especie de “lenguaje” tradicional del mundo rural y protegido por un manto de silencio que le convierte en uno de los delitos más impunes de nuestra sociedad.

El miedo es una reacción natural que nos previene contra las consecuencias de la insensatez, pero en ocasiones deriva en simple cobardía, que al final para colmo concede a los enemigos la victoria por abandono. Si el lobo y el resto de nuestra biodiversidad salvaje se nos termina por escurrir de las manos un día, que al menos no ocurra mientras miramos cruzados de brazos. La manifestación por el lobo no sólo es una ocasión de hacer oír nuestra voz en defensa del patrimonio natural, también es el momento de vibrar en compañía de miles de personas que son capaces de venir desde el campo o la ciudad, desde cualquier lugar de España y el extranjero, sin esperar a cambio ningún beneficio personal. Hay pocos actos más emocionantes en los que se pueda participar, así que nos vemos en Madrid el 18 M y después… que nos quiten lo bailado.

Por Mauricio Antón publicado en Ecologismo de emergencia 

 

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