LOS DEPREDADORES Y EL MIEDO

Por Sergi Garcia. Ambientalista y Presidente de Galanthus

El miedo es un sentimiento del que se ayuda el poder para ejercer control. Estar situados bajo la esfera del poder es estar constreñidos al ámbito que controla, a expensas de sus intereses y necesidades.

No es extraño que animales como el lobo o el halcón se hayan erigido en símbolos del poder, en multitud de culturas. El halcón infunde un miedo atroz en su presa, ya que sobre ella, en cualquier momento, puede lanzarse en picado, a velocidad vertiginosa e inapelable, para capturarla; como sugirió Elías Canetti, el halcón inspiró al ser humano el arco y las flechas. No se esconde, no le hace falta. Sus presas tampoco, es inútil, lo único que pueden hacer las palomas es intentar volar mejor, pasar desapercibidas o las cotorras argentinas no llamar la atención, ser más calladas cuando van volando, cuestión de mucho mérito.

El lobo, por su parte, recurre a su proverbial sagacidad, a su sensible olfato, a su aguda vista, a su fino oído para dar caza a sus presas. Saltará en grupo sobre su objetivo, un ciervo por ejemplo, por sorpresa; le ha venido siguiendo el rastro desde hace días. Lo persigue, lo abate, le da muerte y lo devora. Esta capacidad, esta potestad que puede ejercitar en cualquier momento, sin previo aviso, al ritmo de sus necesidades, produce un miedo que parece ser que resulta beneficioso para la naturaleza.

Un estudio reciente, publicado en la revista científica NatureCommunications, viene a demostrar que el miedo que infunden los grandes depredadores es positivo para mejorar la salud de los ecosistemas donde viven. Es lógico pensar así. Un rebaño de ciervos, sin predadores naturales, puede ejercer una intensa presión sobre la vegetación que consume, es decir, se toma su tiempo en ramonear, en dejar las plantas peladas, una tras otra. Con un depredador en ciernes, los ciervos no son tan insistentes y dan un respiro a las plantas. Dar un respiro a las plantas significa dar oportunidades a otras especies que se aprovechan también de esas plantas, de forma que el lobo, como depredador, fortalece todo el entramado de relaciones naturales en que se estructura el ecosistema.

Las piaras de jabalíes se acercan más y más a las ciudades, en algunas ocasiones han llegado a recorrer calles tan campantes. En el Laberint d’Horta (Barcelona) están desapareciendo algunas orquídeas por una presión excesiva de estos ungulados, los cuales no se hacen más desconfiados a pesar de que se les hace emboscadas y se les mata a tiros: parece como si estuvieran perdiendo el miedo al ser humano, como si no lo acabaran de ver como un depredador. Algo parecido ocurre con las gaviotas y las palomas. En Barcelona no es raro ver persecuciones y capturas de palomas por parte de gaviotas, sin embargo, también se las puede ver juntas en algunos tejados del centro de la ciudad, incluso compartir comida proporcionada por alimentadores. No pasa lo mismo con los predadores naturales, los que no son ocasionales, ni fortuitos.

El lobo, como especie situada en la cúspide de la cadena trófica, es la guirnalda de los ecosistemas mediterráneos bien constituidos. No puede apelarse a su presencia para solucionar problemas ocasionados por los desequilibrios que el ser humano ha perpetrado, como el aumento de la población de jabalíes, como tampoco se puede pedir a los halcones urbanos que disminuyan la población de palomas, no han sido concebidos por la evolución para ese cometido. Sin embargo donde están, de sobra demostrado científicamente, ejercen una función muy positiva y saludable.

A pesar de todo, el lobo, carismático, mítico, icónico, útil, esencial, es un animal perseguido en el estado español. Se da la paradoja de que dónde está, se le caza y donde no o su presencia es testimonial, se le protege. Es una especie que sufre una política ambiental en cierta forma ventajista, básicamente cobarde.

Por todo ello, una serie de entidades, lideradas por Lobo Marley y Equo, han convocado una manifestación el día 13 de marzo en Madrid, bajo el lema Lobo Vivo, Lobo Protegido, para reivindicar la protección del lobo.

Es posible que algún día se consiga proteger, cuando se le pierda el miedo.

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