SOBRE LOS LOBOS ANDALUCES

 

En fechas recientes la Consejería de Medio Ambiente de Andalucía ha anunciado su intención de declarar al lobo ibérico especie en peligro de extinción en esa comunidad. Esta declaración implica, finalmente, una aceptación del estado real de las cosas, que es la primera condición para enfrentar el problema, y aunque sólo sea por esa razón los defensores del lobo debemos congratularnos. De hecho, la pregunta no es tanto si el lobo andaluz se encuentra en peligro de extinción, que resulta obvio, sino si tendrán razón los que dicen que ya está, en términos prácticos, extinguido, puesto que los indicios de su presencia son indirectos y cuestionados por al menos algunos expertos. Así pues, esta declaración es necesaria y más que justificada.

 

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La evolución negativa de las poblaciones del lobo en Andalucía es la crónica del fracaso de los esfuerzos por cumplir la normativa europea, según la cual el lobo es una especie estrictamente protegida al sur del Duero. De cara al cumplimiento de la Directiva Hábitats, la obligación de la administración es garantizar que las especies protegidas mejoren su situación hasta alcanzar un estado de conservación favorable, y con ese fin el gobierno central y la Junta firmaron hace más de una década una Estrategia Nacional cuyo objetivo era el establecimiento de 15 manadas y 150 ejemplares en la región. Huelga decir que ese objetivo no se ha conseguido ni de lejos, e incluso las estimaciones optimistas de la Junta hablan de un único grupo reproductor.

Ante esta situación, la prioridad ha de ser tomar medidas de emergencia que frenen y reviertan la caída de las poblaciones de lobos andaluces, una labor que se verá claramente favorecida por la declaración de especie en peligro de extinción. Además de propiciar que se puedan tomar las medidas oportunas, está declaración ayudará a la necesaria concienciación social sobre el peligro extremo que corren los lobos andaluces, y sobre los valores positivos que aportará su recuperación.

Ahora bien, siempre que se aumenta la visibilidad social de algún elemento de nuestro patrimonio natural, surge el oportunismo de quienes quieren aprovechar esa visibilidad para favorecer intereses particulares. Tal ha sido el caso de determinados sindicatos agroganaderos, que no han tardado en iniciar una campaña para sembrar el pánico y el alarmismo entre sus afiliados y tratar de contagiarlos al resto de la ciudadanía. Por suerte la sociedad en su conjunto ya ha evolucionado más allá del nivel dialéctico del cuento de Caperucita Roja, pero aún así conviene aprovechar toda ocasión para recordar la realidad del lobo, que no es un peligro para el ser humano, sino un elemento fundamental de la naturaleza ibérica, que contribuirá a restablecer los equilibrios naturales y la productividad de los ecosistemas, y aportará prosperidad a las zonas rurales permitiendo actividades económicas relacionadas con el turismo de naturaleza. Y sobre todo, una especie con la cual es posible y necesario convivir.

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